Héctor no está, se ha ido. A otra
ciudad. A otro país. Nunca sabrá nadie quien es de hoy en adelante. Un gran
empresario de una multinacional china. Un modelo brasileño de bañadores
ajustados. Puede ser lo que él se proponga y quiera. Héctor es perfecto en
todos los sentidos. Y por eso se ha ido.
Héctor ya no estaba a gusto en
Barcelona. Esta ciudad lo ahogaba. El tráfico, los semáforos, el tener que
hablar dos idiomas. Él es más sencillo. O lo era, pues ya no sé quien es.
Porque él es camaleónico. A él le da igual donde ir, se adapta y cambia de color
según su estado de ánimo. Parece que aquí estaba negro.
Héctor me dejó una nota en mi buzón.
Odia las despedidas, pues siente que no está atado a nadie. Él no tiene que
despedirse. Él se va. Sin más. Migra como las aves. Pero esta vez ha dejado una
nota. A mi. Me hace pensar que tal vez fui importante. Y me duele aún más.
Porque nunca será mío. Nunca volverá.
Héctor siempre me habló de ella como
algo lejano. Él cree que no llegará a conocerla nunca. Nunca se sabe. Aún así,
él creía que jamás se la cruzaría. Pero yo sí. En este mismo instante, la veo.
Y mientras el agua me moja, la sangre sale de mi muñeca. Dejo caer la cuchilla.
La muerte me saluda. Y yo, digo adiós para siempre a Héctor.
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