domingo, 9 de diciembre de 2012

Adiós.


Héctor no está, se ha ido. A otra ciudad. A otro país. Nunca sabrá nadie quien es de hoy en adelante. Un gran empresario de una multinacional china. Un modelo brasileño de bañadores ajustados. Puede ser lo que él se proponga y quiera. Héctor es perfecto en todos los sentidos. Y por eso se ha ido.

Héctor ya no estaba a gusto en Barcelona. Esta ciudad lo ahogaba. El tráfico, los semáforos, el tener que hablar dos idiomas. Él es más sencillo. O lo era, pues ya no sé quien es. Porque él es camaleónico. A él le da igual donde ir, se adapta y cambia de color según su estado de ánimo. Parece que aquí estaba negro.

Héctor me dejó una nota en mi buzón. Odia las despedidas, pues siente que no está atado a nadie. Él no tiene que despedirse. Él se va. Sin más. Migra como las aves. Pero esta vez ha dejado una nota. A mi. Me hace pensar que tal vez fui importante. Y me duele aún más. Porque nunca será mío. Nunca volverá.

Héctor siempre me habló de ella como algo lejano. Él cree que no llegará a conocerla nunca. Nunca se sabe. Aún así, él creía que jamás se la cruzaría. Pero yo sí. En este mismo instante, la veo. Y mientras el agua me moja, la sangre sale de mi muñeca. Dejo caer la cuchilla. La muerte me saluda. Y yo, digo adiós para siempre a Héctor. 

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