miércoles, 8 de agosto de 2012

Buenas noches

Hector deja caer al suelo esa camiseta apretada y asi destapa tanto su pecho como mi deseo. Sus manos desabrochan el beige cinturón a la vez que caen sus pantalones al suelo, acércandose cada vez más a la máxima desnudez posible. Se acerca mientras yo miro su cuerpo, perfecto para mi y para cualquiera que tuviera el privilegio de verselo. 

Su rodilla se apoya en mi cama haciendo una arruga que, para mi, solo significa una imperfección más relacionada conmigo. Él, perfecto, iluminado, prototipo de Adonis griego, proporciones ideales, sonrie y me dice cosas que yo ya no escucho, pues su sonrisa requiere la atención de todos mis sentidos. Y como si dios quisiera torturarme, la luz entra por la ventana y me deja ver el verde que desprende su mirada. 

Él lo sabe. Sabe que puede maltratarme así, desnudándose ante mi sin que yo pueda hacer nada. Y eso es lo que más le gusta. Sus labios no paran de gesticular palabras que empiezo a escuchar. Su voz no puede ser más perfecta. 

Y yo, que no aparto mi mirada de él, ardo en deseos de besarle, poseerle, amarle. Pero para él todo es juego, todo es baile, todo es nada. Mi ser, mi persona, arden en frustración mientras su boca pronuncia el hechizo:


Él cierra los ojos y yo los míos. Escondo mi deseo frustrado y en mi cabeza retumba un: solo podemos ser buenos amigos. 




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